sábado, 1 de octubre de 2011

20 años del Nevermind

Resulta muy difícil recordar aspectos de la infancia ajenos al yo, fuera del universo inocente y casi fantástico en el que se está inmerso; donde el juego es rutina y el colegio no es más que una realidad molesta a la que uno no termina de encontrar razón de ser. Los recuerdos a la edad de ocho o diez años están plagados de aventuras y descubrimientos, muchos de los cuales entrarán a formar parte de la red de imágenes, pensamientos, sensaciones, olores y sabores que componen la memoria; esa memoria que continuamente parece rebosar pero que siempre encuentra nuevos caminos para almacenar nuestras nuevas experiencias.

Uno de los principales contenidos del “disco duro” lo integra la música. A menudo relacionamos épocas y sucesos de nuestra vida con melodías o, más concretamente, con canciones y grupos. Nirvana representa un importante hito en mi vida, desde los 11 años. Un día mi primo me enseñó excitado un cassette de audio que había sustraído a su hermano. Se trataba nada menos que del célebre “Nevermind” de Nirvana, un álbum representativo de los noventa y de importante éxito.

Escuche “Nervermind” por primera vez e instintivamente supe que había ascendido varios escalones en cuanto a gusto musical. Encontré en los densos acordes de “Come as you are” y en la voz pegajosa de Kurt Cobain una nueva manera de entender la música. Los grupos que escuchaba hasta el momento me parecían ahora de una categoría muy inferior. Mi primo debió darse cuenta de mi fascinación y a los días me regaló la cinta. Los siguientes meses los pasé desgranando una a una todas las canciones de “Nevermind”; incluso cogí un diccionario inglés-español y comencé a traducir palabra por palabra las letras.

Me fascinaba cada vez más el grupo pero en aquella época las tecnologías no estaban tan desarrolladas y me fue imposible encontrar más información sobre Nirvana; tampoco supe si tenían más discos editados. Desgraciadamente, debido a mi insistencia de que mi padre pusiera la cinta en el coche la calidad del sonido empeoró terriblemente, hasta que un día se rompió el cassette. No podía entender cómo la cinta que con tanta dedicación había escuchado había desaparecido. Traté en vano de pegarla con celo, pero sólo conseguía atascar el reproductor. Así que tuve que esperar hasta hace un par de años para volver a escuchar las canciones de Nirvana. En cualquier caso, la huella que dejó este disco en mi infancia permanecerá con facilidad hasta que mi memoria me lo permita.

¡Gracias primo!